La resurrección de los bienes comunes.

 

“El día después será….” (http://diadespues.org/) nace como plataforma virtual durante el periodo de confinamiento causado por la pandemia del COVID19. Hunde sus raíces en el encuentro “Acelera 2030” cuyo ideario fundamental es conseguir lo antes posible los objetivos de desarrollo sostenibles (ODS). Se trata de aprovechar las profundas transformaciones que nos hemos visto obligados a acometer como sociedad y como individuo. Pretende que este aislamiento sea el resurgir de algo nuevo, de manera que cuando salgamos de nuestras casas,  ya no seamos los mismos, qué  deseemos ser y seamos, mejores. Para ello ha desarrollado cuatro comunidades de trabajo: “Ecosistemas y Salud”, “Transformación de las Ciudades” y “Desigualdad y  Nuevo Modelo Económico” y “Cooperación al Desarrollo”.

Cuando el 15 de marzo, primer miércoles del tiempo de Pascua,  recibí una invitación electrónica para participar en la segunda mesa redonda que desarrollaba la plataforma, tuve que mirar el remitente dos veces. El título de la charla me desconcertó: “la resurrección de los bienes comunes”. No sabía bien si la invitación procedía de mi parroquia o de una plataforma social con claros objetivos socioambientales. Sencillamente me encanto. Después de un tiempo de cuarentena, aislamiento, silencio e inactividad social para protegernos de la enfermedad,  teniendo la esperanza de que esto pasará, la sociedad quería volver a la vida y resucitar los bienes (lo bueno) que tenemos (todos) en común.  Me sonó de lujo y desde luego, me dio que pensar. La analogía con los tiempos litúrgicos y la vida de la Iglesia resultaba cuando menos llamativa. Para los cristianos la cuaresma es un tiempo de aislamiento, reflexión y silencio donde interiorizamos que es aquello que nos asusta, cual es nuestra enfermedad y nuestra muerte existencial. Descubrimos que miedo, complejos, heridas no curadas, pecados propios y ajenos están en el centro de la tristeza propia y colectiva. Lejos de quedarnos en angustia, remordimiento o masoquismo, tenemos la esperanza, vivida como certeza,  de que llega la Pascua, el paso de la muerte a la vida. Jesús recién resucitado le dice  a la mujer (y a cualquiera que quiera escuchar): “¡alegraos!”.  No es para menos. Una gran noticia para muchas familias que viven un negro duelo sin esperanza que, como consecuencia del aislamiento,  se encarna como abierto, permanente e inconcluso. Sin embargo, ya no hay muerte para quien así lo cree, ni presente ni futura, ni personal, ni social.

Volviendo a la mesa, los ponentes, según sus especialidades, resaltaban aquellos bienes que a su juicio habría que resucitar. Agustín Delgado, Director de Innovación, Sostenibilidad y Calidad en Iberdrola, hablaba de España como un país bendecido por bienes comunes básicos como  luz, agua y viento y apostaba por energías renovables, calidad del
aire, autoconsumo y mejora en la eficiencia energética. David Chica como Director General de Mercamadrid, 
reflexionaba como la alimentación es un bien común esencial, remarcando la necesidad de evitar el desperdicio, valorando el producto de circuito corto más sostenible y los hábitos saludables de alimentación. Belén Viloria, Directora de Estrategia de Marca y Comunicaciones de la Cruz Roja Española, resaltaba como  la pandemia nos ha igualado frente a la vulnerabilidad porque el virus, no discrimina. Ella ponía en valor bienes como inclusión social, atención médica, educación y empleo. Energía, producción alimentaria y acción social renovaban y reforzaban alianzas, ambiental y socialmente sostenibles, según evolucionaba el diálogo. Todos estaban de acuerdo que el coronavirus había venido a acelerar las decisiones que como sociedad ya teníamos que haber tomado en materia social y ambiental. La cuestión, a mi juicio clave, la planteo al final del evento, Fernando Valladares, Investigador de CSIC y responsable de la comunidad “Ecosistemas y Salud”: ¿Cómo conseguir que esta visión de renovación, que parece que tantos compartimos ahora, se quede cuando el coronavirus se vaya? ¿Cuál puede ser nuestra motivación a largo plazo, cuando pase la tormenta y también pasemos de Santa Bárbara? Seguro hay más de una respuesta. Algunas proceden de Su Santidad el Papa Francisco quien se posiciona en el dialogo con la encíclica Laudato si’ sobre la mesa.  Esta hermana (la tierra) clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes (comunes) que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes (bienes comunes). Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura (LS2). Solo en esta
reflexión (y la encíclica tiene 245 más) la Iglesia detecta y acepta el problema, el origen antrópico del mismo y ofrece una clara y precisa motivación: asume tu dependencia y tu naturaleza compartida. La cuestión no es solo que la casa se quema, nuestro problema es que nosotros también
somos combustible.  Pero el Papa va más allá. La encíclica desarrolla una teología natural, ecuménica y abierta. Esta teología, muy alejada del pensamiento panteísta que algunos han creído ver (LS234), se apoya sobre dos baluartes: primero el valor intrínseco, autónomo y no utilitario de la naturaleza en sí misma (LS140) y segundo la presencia de un único Dios amor en cada una de las criaturas (LS234). La primera ventana se abre de la mano de la ciencia (LS140), la segunda, de la contemplación (LS220). Ciencia y contemplación se enlazan para generar una ética ambiental, tan necesaria como ausente a nivel global (LS51, 56, 60, 105, 110), que nace del conocimiento y lleva al servicio. No se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama.  Una ética que conduce a una transformación espiritual o conversión ecológica que debería estar en el centro de los cambios socio-ambientales que se requieren para solventar esta crisis.  Una fuente moral como motivación de un comportamiento sostenible no es el resultado de un “apretón mental” en medio de esta indigestión pandémica. Es algo que perdura en el tiempo y compromete estilos de vida. Desde esta perspectiva, San Pablo nos envía un mensaje post-pandémico abierto a la renovación y el cambio: …habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad (Ef 4, 21-24) y también, por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; paso lo viejo, todo es nuevo (2 Co 5, 17). El que tenga oídos para oír que oiga y lo reflexione desde su atalaya. Yo ahí lo dejo.   

Muchos cristianos estamos viviendo una Pascua pandémica, mortecina, de puertas cerradas.  Estamos
preguntándonos quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro (Mr 16, 3) y deberíamos cambiar el ángulo para descubrir que la piedra ya no está y que vamos a salir de este confinamiento renovados, como mujeres y hombres nuevos, dispuestos a amar y proteger nuestro entorno y a los vulnerables, a los pobres de la tierra. Es una cuestión de fe y un mandato de Cristo. Como dijo el Papa en una reciente homilía: defender a los pobres no es ser comunista, es el centro del evangelio y todos sabemos la crisis económica, ambiental y humanitaria que nos espera al otro lado de la puerta.

¡Cristo ha resucitado! Verdaderamente ha resucitado… Feliz Pascua.

Mari Carmen Molina
Comisión Diocesana de Ecología Integral (Área de Sensibilización y Espiritualidad)

 

 

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