UN CAMBIO DE CONCIENCIA: EL PECADO ECOLOGICO

Cuando era pequeña (y aún hoy en día) muchos programas escolares y catequesis de formación para niños explicaban, de manera tristemente simplificada, que hay un mal fuera del hombre (representado por la serpiente) responsable del pecado de Adán y por el cual, Caín mató a Abel. Como consecuencia de este pecado original Adán y Eva fueron expulsados del paraíso y el hombre es el responsable de su muerte física y del desastre en la naturaleza. Todo tuvo que ser recolocado en mi cabeza cuando me explicaron (y experimente) el verdadero significado de la catequesis de Adán y Eva y, sobre todo, cuando empecé a estudiar biología. La ciencia nos enseña que la muerte tiene su continuidad en el mantenimiento de los ciclos biogeoquímicos, los terremotos y tsunamis son explicados por la teoría de la Tectónica de Placas, la violencia humana resulta, en parte, una herencia de nuestra filiación en el  grupo de los primates y hasta el momento, no hay restos arqueológicos que justifiquen la existencia de un lugar llamado “paraíso”.

De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna (Art. 8. 1849). La Iglesia nos enseña también que hay una gran diversidad de pecados cuya gravedad es variable. Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (Art. 8. 1852).

Con todo ello el puzle quedaba completado para mí y la conclusión, perfecta para mi conciencia: El pecado es todo aquello que nos hace romper con Dios y con nuestro prójimo y los desastres de la naturaleza, se explican mediante leyes naturales, y, por tanto, no son mi responsabilidad. Así pensaba hasta no hace tanto y seguro, así piensan muchos católicos. Sin embargo, la evolución biológica, cognitiva, cultural y tecnológica que sobre el hombre ha tenido lugar desde su origen, hace aproximadamente 200.000 años, le han colocado, sin duda, en una posición privilegiada y a la vez inquietante. El Salmo 8, 6-7 lo describe del siguiente modo: Apenas inferior a un Dios lo hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti, bajo sus pies.

En la década de los setenta, las predicciones científicas advertían que, si las emisiones de CO2 no se reducían, la temperatura global aumentaría con consecuencias negativas a nivel planetario. Hoy sabemos que, hay más de 415 ppm de CO2 en la atmosfera, 115 ppm más que en el último millón de años.  La relación entre concentración de CO2 y temperatura de la atmósfera, y entre ésta y la intensidad de los eventos extremos está demostrada (IPCC, Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, 2019). Hace 30 años el hielo del ártico ocupaba el doble que en la actualidad. Incendios catastróficos empobrecen y disminuyen la masa forestal, favorecen la desertificación, modifican el ciclo del agua y reducen la capacidad fotosintética de los sistemas y, con ello, la fijación de CO2 y la productividad. Somos responsables de la tercera parte de los terremotos que tienen lugar en el planeta. Además, el efecto del cambio climático sobre la distribución de las poblaciones animales y vegetales es indiscutible y el número de refugiados y desplazados en las poblaciones humanas, como consecuencia del cambio global, crece cada año, afectando significativamente a los más pobres y vulnerables. Somos la única especie capaz de generar productos no reciclables, rompiendo el equilibrio de todos los ciclos biogeoquímicos y generando auténticas islas de plástico en los océanos (Valladares et al., 2019; Valladares 2019)

La encíclica Laudato si’ escrita por el Papa Francisco en 2015, reconoce estas realidades y hace un alegato para la defensa integral del planeta, de la Casa Común, desde una perspectiva ambiental, económica, social, cultural y religiosa. El Papa subraya que no hay dos crisis, una ambiental y una social, si no que las integra en una sola para devolver la dignidad a los excluidos (minorías, discapacitados, enfermos, neonatos), combatir la pobreza y simultáneamente, cuidar la naturaleza. El Papa subraya que la falta de preocupación por medir el daño a la naturaleza y el impacto ambiental de las decisiones es solo el reflejo muy visible de un desinterés por reconocer el mensaje que la naturaleza lleva inscrito en sus mismas estructuras (LS 117). Francisco sigue la tradición de la Iglesia recuperando el concepto de conversión ecológica global acuñado por Juan Pablo II (LS 6) y el deseo expreso de Benedicto XVI de corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente (LS 6). Profundiza en esta crisis sin precedentes y nos exhorta a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo. Para ello, nos propone una espiritualidad ecológica que San Francisco de Asís representa como nadie. Es un cambio de paradigma que pasa por

  • la gratitud por el don de la creación que nos precede y que, sin duda, persistiría si nosotros desaparecemos,
  • la exigencia de sobriedad y simplicidad en el modo de vida,
  • la propuesta de modos alternativos de entender el concepto “calidad de vida” apelando a la tradición judeo-cristiana y al mensaje de Jesucristo en su totalidad en el que “se es más, cuanto menos se es”,
  • la conciencia de que somos guardianes de la creación que surge como una expresión del amor de Dios.

Si necesitamos un cambio en la espiritualidad es porque, tal como se desglosa en Laudato si’, nos estamos destruyendo en actos de violencia contra los ecosistemas, explotando los recursos naturales, desde una injusticia social hacia los más vulnerables. Por ello, el papa Francisco propone en el sínodo de la Amazonia el concepto de “pecado ecológicocomo una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el ambiente. Es un pecado contra las futuras generaciones y se manifiesta en actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía del ambiente, transgresiones contra los principios de interdependencia y la ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 340-344) y contra la virtud de la justicia. En la audiencia con los participantes en el 20 Congreso Mundial de la Asociación Internacional de Derecho Penal (2019), el Papa apela a la Justicia social contra todas aquellas conductas que puedan ser consideradas como “ecocidio”, es decir sobre cualquier daño ambiental contra cualquier territorio, especialmente cuando el atentado puede ser irreversible,  cuando los ecosistemas sufren danos que superan su capacidad de resiliencia o regeneración.

Después de todo esto, le doy una vuelta a mis reflexiones y caigo en la cuenta que quizás, mis catequistas y formadores tenían razón respecto a lo del pecado y los desastres naturales, puesto que  al ser apenas inferior a un Dios (Salmo 8, 6), estamos  destruyendo lo que Dios nos legó en usufructo, como en la parábola de los talentos. De esta manera, todos los desastres naturales que son consecuencia de perturbaciones antrópicas directas o indirectas, son pecados que atentan contra Dios, hombre y creación. Es el pecado ecológico, que debemos acuñar en nuestra conciencia y recordarlo en nuestro examen diario.

Evocando mis enseñanzas primeras pienso que, en realidad, sí hay un lugar físico llamado “paraíso”, un lugar donde el hombre puede vivir en armonía, en comunión con las criaturas y el Creador, un lugar que se llama planeta Tierra, Madre Tierra.

María del Carmen Molina,
Departamento de Biología, Geología, Física y Química Aplicada, ESCET, URJC, 28939 Móstoles
Miembro de la CDEI

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